Ismael Hilerio, Jr. Ismael Hilerio, Jr.

Consolación eterna: ¿Dónde podemos encontrarla?

El ser humano siempre anda buscando consolación a través de las avenidas de este mundo. Sin tener en consideración que Jesucristo es la única consolación perfecta y eterna que el ser humano puede recibir. Cuando el cristiano expresa que Jesucristo es su única consolación, significa que Jesucristo lo abarca todo. Es decir, quien expresa esta frase afirma que el verdadero consuelo del corazón solo se encuentra perteneciendo a Jesús, confiando en su amor, su perdón y su victoria sobre el pecado y la muerte.

¿Qué significa en la práctica?

  1. Significa reconocer que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos de Cristo, quien nos compró con su sangre y nos cuida de todo nuestro ser, cuerpo y alma.

  2. Es descansar en que, en Él, nuestros pecados son perdonados y tenemos vida eterna, aunque las circunstancias externas no cambien de inmediato.

  3. Es creer que en cada tribulación Dios mismo nos consuela y usa incluso lo difícil para nuestro bien espiritual, aunque muchas veces no entendamos cómo.

  4. Es acudir a Jesús con fe y arrepentimiento, confiando en su obra ya completa en la cruz y en que nada podrá separarnos de su amor.

Aquí tienes algunos versículos bíblicos clave sobre el consuelo que tenemos en Cristo mismo o por medio de Dios como Dios de toda consolación:

  1. 2 Corintios 1:3-4: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier aflicción, con el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios».

  2. Juan 14:1-3: «No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y, si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté».

  3. Juan 14:16-18: «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros».

  4. Mateo 11:28-29: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas».

  5. Juan 16:33: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo».

  6. Filipenses 4:6-7: «No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús».

  7. Salmo 34:18: «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu».

  8. Salmo 23:4: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».

Un ejemplo sencillo: una persona que atraviesa enfermedad o pérdida puede no encontrar consuelo duradero en frases humanas, pero al saber que pertenece a Cristo, que Él no la abandona y que la muerte no es el final, encuentra una paz que el mundo no puede dar.

Sin embargo, el problema está en que el ser humano tiene en poco lo que las Escrituras afirman con plena certeza.

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Frente al espejo de las Sagradas Escrituras

El temor del Señor es el principio de la sabiduría; los necios desprecian la sabiduría y la instrucción (Proverbios 1:7).

El hombre por naturaleza es necio y está inclinado al pecado. No puede percibir su necesidad de Dios ni tampoco reconocer su pobreza espiritual. Las Sagradas Escrituras afirman que su condición espiritual está muerta en sus delitos y pecados (Efesios 2:1-3) y no tiene la necesidad de ser librado de la ira venidera. ¡Está espiritualmente muerto e inhabilitado para buscar a Dios! (Romanos 3:10-18). Ese mismo hombre vive en enemistad con Dios y siempre es hostil con Dios y su ley. Su pensamiento y discurso diario no tienen en cuenta a Dios ni buscan glorificarlo en su diario vivir. Lo que genera son consecuencias devastadoras.

Incluso, la Biblia caracteriza al necio no principalmente por falta de inteligencia, sino por su relación defectuosa con Dios. Aquí vale la pena decir que todo asunto que no está relacionado con Dios y para su gloria es de poco juicio y sin sentido que valga la pena construir nuestro fundamento. Por esta razón, se afirma que una pequeña cantidad de su insensatez anula una gran cantidad de sabiduría, así como unas pocas moscas muertas arruinan un buen ungüento; su necedad no solamente afecta su vida privada, sino que, también en el contexto político, representa un peligro para el estado. Aunque la insensatez del necio generalmente es evidente, entre los reyes y líderes políticos, a menudo se suele cometer el error de promover a tales hombres a puestos de poder para llevarnos a la ruina económica y espiritual, deshonrando el mandato cultural que le fue asignado por Dios.

«Salomón nos dice que, para vivir como se debe, debemos tener una relación apropiada con el Señor, el Dios de la gracia fiel y gratuita. Nos debemos someter a él con reverencia; debemos seguir su Palabra; sólo así estaremos sobre las bases correctas» (Proverbios 4:10–19).

El análisis procedente es que la Escritura presenta múltiples manifestaciones de necedad. Un necio es aquel cuya estupidez queda demostrada por sus acciones o palabras. Esto incluye al ateo que niega la existencia de Dios, al que duda de la resurrección, al que se mofa del pecado y al que acumula riquezas sin considerar a Dios. Jesús ilustró esto en la parábola del agricultor exitoso que construyó graneros más grandes pero no pensó en Dios; aunque era sabio según el mundo, era insensato a los ojos divinos.

Lo fundamental es que, para vivir correctamente, debe existir una relación apropiada con el Señor, sometiéndose a Él con reverencia y siguiendo su Palabra. Ignorar a Dios o ponerlo en último término es despreciar la sabiduría y hacer el papel de tonto.

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