Ismael Hilerio, Jr. Ismael Hilerio, Jr.

La Biblia, la diálisis espiritual

Las personas con dificultades en sus riñones en ocasiones requieren tener la diálisis para asistir en las funciones de los riñones cuando estos ya no pueden hacerlo. De igual manera, para el cristiano se requiere leer la Biblia con actitud de plena apertura a la acción transformante y purificadora de la Palabra de Dios porque la Biblia es su diálisis espiritual. Procuremos estar en el proceso de su santificación.

La Biblia habla con renovado poder a cada generación para impartir la sabiduría que nos lleva a la salvación en Cristo Jesús, equipándonos para disfrutar de una vida abundante y constituyéndonos en un testimonio viviente de la verdad para testificar de Cristo y ser ejemplos como los hijos del Señor. La Palabra de Dios es nuestra diálisis espiritual porque Su Palabra nos santifica en Su verdad.

¿Qué es la diálisis? La diálisis tiene como ocupación central reemplazar temporalmente las funciones de los riñones cuando estos ya no pueden hacerlo. Lo mismo es con la Biblia cuando nos santifica con su verdad, ya que nosotros no podemos santificarnos por nosotros mismos.

El propósito principal de la diálisis son los siguientes:

  1. Eliminar desechos de la sangre (toxinas metabólicas) que el cuerpo ya no puede depurar por sí solo.

  2. Quitar exceso de agua para mantener un equilibrio adecuado de líquidos y evitar sobrecarga.

  3. Corregir alteraciones químicas de la sangre, sobre todo: balance de sales y electrolitos (por ejemplo, potasio, sodio, bicarbonato). Igual, acidificación: ayuda a mantener el pH de la sangre en rasgo compatible con la vida.

Estas son algunas de las razones, sin mencionar para qué se usa en la práctica, por las cuales la diálisis es asunto crucial para el paciente. De la misma forma es la Biblia para los cristianos. La función primordial de la Palabra de Dios es santificarnos en su verdad y renueva nuestra mente cada día para que conozcamos cuál es la voluntad perfecta de Dios para nuestra vida. La Biblia es la dieta que necesitamos para la santificación; es un proceso como lo es la diálisis a largo plazo y esa es la razón de la importancia de su lectura cada día de las Sagradas Escrituras. Porque de no hacerlo, habrá entorpecimientos en nuestra vida espiritual.

Jay E. Adams expresa que el Espíritu Santo tiene un rol importante en este tratamiento.

«El Espíritu Santo, por medio de las Escrituras, lleva a los hombres a la fe en Cristo y los moldea a la clase de personas que Él quiere que sean. La Biblia no es un mero libro de historia; Él hace cosas por las personas de hoy. Es la herramienta del Espíritu Santo para trabajar en las mentes y en los corazones de los hombres y las mujeres para hacerlos como Cristo»[2].

En resumen, la diálisis busca mantener el equilibrio del cuerpo y prevenir complicaciones al sustituir la función depuradora y reguladora de los riñones hasta que mejore la situación o, en algunos casos, de forma continua. Pero los resultados de la Biblia como la diálisis espiritual tienen mejores resultados eternos. La Biblia funciona como instrumento transformador porque opera simultáneamente en múltiples dimensiones de la experiencia humana.

Como hemos podido percibir, la Biblia, como nuestra diálisis espiritual, mantiene sus funciones esenciales en la vida espiritual del creyente. Su propósito fundamental consiste en renovar y fortalecer nuestra mente y corazón. Nos perfecciona la imagen de Cristo en nosotros como discípulos de Jesucristo para vivir de manera coherente y agradable a Dios. La Biblia es nuestro alimento espiritual, que proporciona fortaleza, dirección y sabiduría necesaria para la vida cristiana. Su lectura es un medio de gracia porque la Palabra de Dios es suficiente para cualquier necesidad, circunstancia o desafío que enfrentemos. La Palabra eterna de Dios es como esa fuente, esa diálisis que limpia y transforma nuestra mente, pensamiento y hábitos, y como fuente de sabiduría transformadora nos santifica en Su verdad. Una verdad absoluta y nos prepara a dar frente a la cultura que no tiene referencia a Dios ni a Su ley.

¿Estás tú en el tratamiento de Su diálisis espiritual?

  • Referencia:

[1] American Kidney Fund

[2] Jay E. Adams, Cómo asesorar a las personas para que cambien: El procedimiento bíblico de los cuatro pasos (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2010), 20.

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Virtudes piadosas en el Señor

La virtudes requiere que nuestras mentes sean renovadas, rechazando las formas de pensar del mundo para discernir la maravillosa voluntad de Dios, ya que, sin esta renovación tanto intelectual como espiritual, las virtudes permanecerán superficiales. La paciencia, la mansedumbre y la humildad y otras virtudes solo adquieren profundidad cuando brotan de una reorientación fundamental hacia Dios.

El fundamento de estas virtudes radica en reconocer y someterse a la gracia soberana de Dios.

Tengo que admitir que la Biblia nos amonesta constantemente a que seamos personas piadosas en el Señor. La intención es que el carácter de Cristo vaya aumentando cada día en nosotros mientras que las nuestras sigan menguando—Juan 3:30. «Sed paciente, manso y humilde en el Señor» no es solamente una frase que refleja virtudes fundamentales. Sino que, en la enseñanza cristiana, particularmente en la tradición paulina y en los escritos de los apóstoles, nos subrayan que debemos desear con empeño esas virtudes para que la gloria de Dios sea manifestada en nuestras vidas, en la ciudad donde intercambiamos, en el trabajo y en la vecindad donde residimos. Virtudes que prediquen mientras que no estamos conversando.

La paciencia no es mera pasividad, sino una fortaleza activa: la capacidad de soportar, así como lo demostraron nuestros hermanos en tiempos pasados, las adversidades sin perder la fe ni la esperanza que ellos tenían en el Señor. Por otro lado, la mansedumbre es la humildad combinada con poder controlado; Jesús mismo se describe así en Mateo 11:29: «Venga a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es fácil y Mi carga ligera». Otro rasgo es la humildad. La humildad implica una evaluación realista de uno mismo ante Dios, rechazando tanto la arrogancia como la autodenigración.

La mansedumbre no denota debilidad, sino una disposición interior de humildad, paz y fortaleza que toma a quien la posee lento para la ira. «Esta virtud implica sometimiento incondicional a Dios, no solo en obediencia, sino también en dependencia» [1]. Estas tres virtudes funcionan como eslabones de una cadena integrada.

Es notable que estas virtudes se cultivan «en el Señor» --no por esfuerzos humanos aislados, sino en relación viva con Cristo. El apóstol Pablo enfatiza esto repetidamente, subrayando que la paciencia viene del Espíritu Santo (Gálatas 5:22), la mansedumbre es fruto de conocer a Cristo (Efesios 4:1-3) y la humildad es la respuesta apropiada a la gracia que hemos recibido inmerecidamente (Filipenses 2:3-8). También cabe señalar al apóstol Pedro en el capítulo 2:3-11, refiriéndose a las virtudes del cristiano.

Finalmente, estas virtudes no son debilidad, sino una demostración de fortaleza transformada que Cristo está creciendo en nosotros mientras que nosotros estamos menguando. En un mundo que valora la asertividad agresiva y la autopromoción, el cristiano propone algo radicalmente diferente: que la verdadera influencia y poder espiritual, estando nosotros bajo la superintendencia del Espíritu Santo, las virtudes fluyen de quien se ha rendido completamente a Cristo. La paciencia persevera donde otros se rinden; la mansedumbre gana donde la dureza del corazón fracasa; la humildad abre el corazón a las instrucciones que Cristo nos ha dejado y que el Espíritu Santo nos hace recordar.

Seamos personas piadosas en el Señor. Con la intención de que el carácter de Cristo vaya aumentando cada día en nosotros mientras que las nuestras sigan menguando. Debe ser nuestro compromiso, nuestra convicción.

  • Referencia:

[1] Samuel Pérez Millos, Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento: Efesios (Viladecavalls, Barcelona: Editorial CLIE, 2010), 266.

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